Con la llegada del buen tiempo, hay algo que no aparece de nuevo, pero sí se hace mucho más presente: el cuerpo. No porque antes no estuviera, no porque de repente empecemos a mirarnos diferente, sino porque todo alrededor empieza a señalarlo con más fuerza.
Las redes se llenan de rutinas, de cambios físicos, de mensajes sobre “cómo llegar al verano”. Los espacios se llenan de cuerpos expuestos y comparables. Y, poco a poco, sin hacer demasiado ruido, la atención vuelve una y otra vez al mimo lugar. Al cuerpo.
No es algo puntual. No empieza en junio y acaba en septiembre porque si no es el verano, serán las Navidades o cualquier momento en el que parezca que hay que ajustar, corregir o mejorar algo. La diferencia es que ahora todo eso se intensifica. Se hace más evidente. Más constante. Más difícil de ignorar.
Cuando todo se hace más evidente, es más fácil que se activen cosas por dentro. La comparación, la exigencia, la sensación de no estar haciendo lo suficiente. A veces pueden aparecer en pequeños gestos como elegir la ropa pensando en cómo se disimula más tu cuerpo, evitar ciertos planes o sentir que tienes que compensar. Y, poco a poco, todo puede convertirse en control, culpa o autoexigencia.
Y todo esto, muchas veces, se presenta bajo una idea que suena a cuidado. Pero, no todo lo que se llama cuidado lo es. Cuidarse no debería sentirse como una obligación constante. Ni como una exigencia que cambia según la época del año porque el cuerpo no está para adaptarse a cada tendencia.

El cuerpo está para permitirte vivir. Para disfrutar, para sentir, para estar, para moverte. Y, sin embargo, cuesta encontrar espacios en los que el foco no esté en cambiarlo, sino en entenderlo, en escucharlo y en valorar todo lo que te permite hacer. Cuesta encontrar mensajes más amables, más realistas y menos centrados en la exigencia constante.
Porque cuando, casi todo, lo que recibimos apunta a que hay que mejorar, ajustar o corregir, salir de ahí no es tan sencillo. En un contexto que insiste en cómo deberíamos vernos, poder relacionarnos con el cuerpo desde un lugar propio puede ser, simplemente, la mejor forma de cuidarse.
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