Los vinos de montaña son aquellos que nacen de viñedos situados entre 500 y 3.000 metros sobre el nivel del mar. O incluso más, ya que en Argentina, Chile y el Tíbet se cultivan vinos que desafían las leyes de la gravedad y la climatología. Y es que cultivar viñedos en altura presenta muchos desafíos, pero la altitud también confiere a estos vinos una frescura y un sabor difíciles de igualar.
La razón es que a mayor altitud la temperatura es menor. Las bajas temperaturas ralentizan la maduración de la uva, equilibrando el azúcar y la acidez, potenciando aromas y concentrando los sabores, dando como resultado unos vinos frescos, con carácter y cargados de matices.

Además, los viñedos de altura disfrutan de una mayor amplitud térmica. Días cálidos y noches frescas que ayudan a las uvas a desarrollar una maduración óptima, logrando vinos con un color más intenso, notas frutales más nítidas, especiadas y florales, con un carácter más «terroso» o mineral; taninos más suaves y elegantes, y un perfil aromático más definido. Y eso no es todo, ya que la menor humedad ambiental ayuda a mantener la vid sana, reduciendo enfermedades y hongos.
Sin embargo, las grandes alturas traen retos como la falta oxígeno, un mayor riesgo de heladas, granizo o fuertes vientos, dificultad en la vendimia y una elevada inversión en terrazas y cuidados especializados. Además, no todas las uvas se adaptan a estas condiciones extremas, aunque variedades como tempranillo y garnacha funcionan excelentemente.
Por todas estas razones, probar los vinos de montaña es toda una experiencia sensorial. Si aún no lo has hecho, ¡ven a nuestra tienda de vinos Carlos Moreno y te haremos las mejores recomendaciones!
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