Hace años quise abandonar a mi familia y mi vida. Lo tenía todo pensado: si la UNIR (Universidad Internacional de La Rioja) me contrataba, me marchaba a Logroño sin mirar atrás. No era feliz. La maternidad me había arrastrado a un callejón sin salida donde descubrí que yo solo era una niña herida de 34 años jugando a ser madre.
En aquella entrevista en Logroño me dijeron que no, y ese rechazo fue lo mejor que me ha pasado en la vida. Me tocó tanto los bemoles que despertó en mí una curiosidad salvaje por entender por qué no me habían dado aquel trabajo. La respuesta era sencilla: me faltaba formación en coaching.
Acabé cursando un máster universitario como becaria en D’Arte Human & Business School, una de las escuelas referentes en desarrollo personal. En pleno pos-COVID, con una criatura de dos años tan intensa y demandante como su madre, dejé de ser maestra para convertirme en neurocoach y experta en Programación Neurolingüística (PNL).
A los tres meses de hundirme voluntariamente en los «melones» de mi propia infancia viví el bofetón que lo cambió todo. Recuerdo contarle a una amiga que estaba alucinada porque Manuel, mi hijo, estaba distinto: más tranquilo, más «bueno». Por fin disfrutaba de él. Ella me miró con esa expresión de quien sabe algo que tú todavía no quieres ver y me dijo:
—María, Manuel es exactamente el mismo. La que ha cambiado la mirada eres tú.
Aquella frase me atravesó. Ese día comprendí que mi propósito estaba en la crianza y en la docencia. Poco después me di de alta como autónoma —como el loco de la baraja del tarot— con la cabeza hacia atrás y el corazón por delante. Tras certificarme en PNL y estudiar Parentalidad Generativa en Lisboa, en una de esas noches oscuras del alma nació MadreDisidente.
No nació para «arreglar» niños. Nació para que las mujeres que éramos madres pudiéramos convertirnos en adultas responsables de nuestras propias historias emocionales.
La estafa del zapato de la talla 36
MadreDisidente nació también como una respuesta de supervivencia frente al marketing rancio que promete que, si validas la emoción de tu hijo bajándote a su altura, el conflicto desaparecerá como por arte de magia.
Es mentira. Una gran mentira que ha dejado a cientos de madres agotadas por intentar meter un pie de la talla 42 en un zapato de la talla 36. Mujeres que han tratado de aplicar una disciplina positiva de manual a niños con motores Ferrari y frenos de bicicleta, descubriendo —a veces ya rozando los cuarenta— que lo que había debajo era una neurodivergencia oculta. En ellas. Y también en sus hijos.
Porque el mensaje siempre es el mismo: si no funciona, es culpa tuya. Si tu hijo no se porta «bien», algo estás haciendo mal. Son frases que golpean directamente al inconsciente. A heridas muy profundas. A ese inconsciente colectivo que todavía exige a las mujeres unos estándares de perfección que huelen a naftalina y que siguen colándose en publicaciones de Instagram, donde el discurso de lo positivo acaba mezclándose con culpa, miedo, heridas y esa constante sensación de estar rota. ¡Rancio!, repito.
Con la necesidad de aliviar ese agotamiento y acercar conocimiento desde la cotidianeidad de la vida real nació el Kit Jauría.
No es solo información. Es un refugio de papel para familias que navegan fuera de la norma. Cada tres meses las madres reciben una revista física con contenido pensado para ellas y, sobre todo, cuadernillos de trabajo para sus hijos. En ellos exploramos las emociones y el funcionamiento de la mente a través de juegos y propuestas didácticas adaptadas a diferentes edades y diferentes «cerebrines», tanto neurotípicos como neurodivergentes.
Quería crear una herramienta que permitiera al niño comprender cómo funciona por dentro mientras su madre recuperaba el aire. Porque cuando una madre deja de sentirse perdida, deja de necesitar soluciones milagro y empieza, por fin, a confiar en sí misma.
Y ahí es donde empieza el verdadero cambio.

Desmadre: bajar al sótano para encontrar la luz
Pero si Jauría es el mapa para entender el territorio del niño, la Membresía Desmadre es el espacio donde la madre trabaja su propio mapa interno.
A Desmadre llegan mujeres exhaustas de pelear con la conducta de sus hijos sin comprender que, muchas veces, la conducta del niño es casi irrelevante. Lo que realmente importa es el linaje, la historia emocional y la sombra de la madre.
En las sesiones y contenidos de la membresía exploramos por qué determinadas situaciones nos desbordan tanto. Te cuento una historia real.
Una madre compartía que «perdía los papeles» cada vez que veía los juguetes desordenados por toda la casa. Lo fácil habría sido enseñarle una técnica de organización o darle cuatro pautas para que el niño recogiera. Pero no era eso.
Al bajar juntas a su sombra descubrimos que aquel caos activaba una memoria de su infancia, donde el desorden era sinónimo de peligro, tensión y abandono emocional. Su grito nunca había sido para su hijo; era su niña interna pidiendo seguridad.
Cuando empezó a maternarse a sí misma dentro de la comunidad de Desmadre dejó de reaccionar desde la herida y comenzó a responder desde la adulta. Ese cambio transformó la relación consigo misma y, como consecuencia, también la relación con su hijo.
Por eso utilizo la neurociencia para comprender al niño y la Programación Neurolingüística para acompañar a la madre. Porque no podemos acompañar a un niño hasta un lugar emocional en el que nosotros nunca hemos estado.
La maternidad tiene una capacidad extraordinaria para sacar a la superficie todo aquello que llevábamos décadas intentando esconder. Nuestros hijos no vienen a señalar nuestras fortalezas; vienen a iluminar, con una precisión casi quirúrgica, las heridas que todavía no hemos mirado.
Y eso incomoda. Mucho.
Vivimos en una sociedad obsesionada con corregir la conducta infantil mientras ignora por completo el mundo emocional de quienes educan. Queremos niños regulados por adultos completamente desregulados. Pretendemos enseñar calma desde el agotamiento, paciencia desde la culpa y respeto desde el miedo. No funciona. Nunca ha funcionado.
Seguimos buscando técnicas cuando lo que necesitamos es conciencia. Seguimos preguntándonos qué hacer con nuestros hijos sin atrevernos a preguntarnos qué nos pasa a nosotros cuando nuestros hijos hacen determinadas cosas. Ahí está el cambio de paradigma.
Por eso Desmadre no es un curso de crianza. Es un espacio donde las madres dejan de sobrevivir para empezar, por fin, a habitar su maternidad desde otro lugar. No desde la exigencia, ni desde la perfección, sino desde la consciencia.
Porque cuando una madre deja de pelear contra sí misma, deja también de pelear contra su hijo.
Y ahí empieza la verdadera transformación.

Una docente a la fuga con propósito
No soy otra influencer de filtros pastel. Soy una mujer que cría en disidencia. Soy María Alda, neurocoach, docente y una eterna estudiante del comportamiento humano. La escuela que me cambió la vida, D’Arte Human & Business School, me enseñó algo que transformó para siempre mi manera de entender el mundo: la realidad no siempre es lo que sucede, sino la interpretación que hacemos de lo que sucede. Cuando comprendí eso, también entendí que podía dejar de vivir dentro del personaje que otros habían escrito para mí y empezar, por fin, a escribir mi propia historia.
Desde entonces llevo más de cinco años divulgando sobre neurociencia y Programación Neurolingüística en España y Portugal, formando a docentes, acompañando a familias y colaborando en proyectos de divulgación. Pero, si soy sincera, todo eso es solo el currículo. Lo verdaderamente importante ocurre cuando una madre me escribe para decirme que ha vuelto a disfrutar de su hijo, cuando deja de sentirse rota y descubre que, en realidad, nunca lo estuvo: simplemente llevaba demasiados años sobreviviendo. Ahí está el verdadero éxito. No en las entrevistas, ni en los congresos o las conferencias, sino en esa transformación silenciosa que empieza el día en que una mujer deja de hacerse la pregunta equivocada. Deja de preguntarse «¿qué hago con mi hijo?» y empieza a preguntarse «¿qué me pasa a mí cuando mi hijo hace esto?». Ese es el momento en el que todo cambia, porque la crianza nunca ha ido solo de educar niños; también va de reparar adultos.
Mi objetivo
Mi objetivo es facilitar las cartas para que este mundo comprenda que nunca se trató de criar hijos perfectos, sino de construir vínculos seguros. De criar desde la conexión y no desde el miedo. De entender que la flexibilidad cognitiva es uno de los mayores regalos que podemos ofrecer a nuestros hijos y que las neurodivergencias no necesitan ser corregidas, sino comprendidas.
Cada vez que una madre deja de actuar como una torre de control para convertirse en un faro, el mundo cambia un poco. Por eso existe MadreDisidente: para abrir conversaciones incómodas, cuestionar las recetas fáciles, poner ciencia donde antes había culpa y recordar que criar no consiste en hacerlo perfecto, sino en estar disponible.
Si algo de lo que has leído ha resonado contigo, quizá ya hayas descubierto que no necesitas más consejos. Necesitas comprenderte mejor. Si quieres seguir esta conversación, puedes encontrarme en madredisidente.com, suscribirte a la newsletter diaria o invitarme a compartir estas ideas en tu colegio, asociación o empresa. No prometo fórmulas mágicas; prometo preguntas incómodas, ciencia explicada para personas normales y una mirada diferente que, con un poco de suerte, te acompañará mucho después de terminar de leer estas líneas.
Porque, al final, nunca se trató de perfección. Siempre se trató de conexión.
Por María Alda De Lucas
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