viernes , 20 octubre 2017
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El día en el que Freddie Mercury me salvó

 

Sonando: Innuendo (Queen)
Que estaba yo perdida. Que no ausente, sino perdida. No perdida de no estar, de no dar señales de vida (aunque también). Estaba yo perdida de cuando uno no se encuentra. De cuando viene una tormenta y entonces explota el cielo. Y cuando, en la inmensidad de la misma, piensas que no puede empeorar, pero lo hace. Y miras hacia arriba con más miedo que vergüenza, y lo de arriba te mira a ti desafiante, ceño fruncido, rostro muy negro. Que jamás vi diluviar así, romperse el todo y aparecer la nada, como aquel día.

Anduve tanto tiempo que ni sé cuándo ocurrió aquello. Solo la sensación de vagar sin rumbo hacia un horizonte continuamente inalcanzable. Y por más que me acercaba, más lejos lo veía. Pero recuerdo estar tranquila. Dicen que así se está cuando se está en el ojo del huracán. Porque estar he estado, ¿eh? En todo momento, ocupando mi espacio vital. Que una cosa es estar presente y otra muy distinta es estar consciente, y yo he estado, presente.

Cuando se camina sin rumbo y sin destino la mente se impacienta. Somos tan simples que si no controlamos los principios y finales tendemos a bloquearnos. En primer lugar desarrollamos cierta inquietud, pero si se hace largo el sendero, la inquietud desaparece fulminada por la desesperación. A partir de ahí todo se mueve dentro de una espiral lúgubre que inexorablemente lleva a la (auto) destrucción. Que estamos programados para caminar con el hecho implícito de avanzar, pero, ¡ay! cuando el suelo que pisamos es una enorme cinta transportadora que gira, incesante, hacia el infinito.

En el transcurso del viaje no dejaba yo de hacerme preguntas. Sucede que en los momentos de estar a solas con uno mismo resulta casi imposible mantener el silencio, y como allí no había guion alguno, brotaban las preguntas, una tras otra, sin descanso, y yo no daba abasto para pensar en respuestas. Que, de nuevo, cuando no se le encuentra sentido, cuando no existe alfa y omega, la mente se satura y se bloquea. Y después de tanto tiempo a la deriva, sin obtener respuestas, uno ya no desespera sino que deja de sentir, de latir, de respirar. Y desciende, a no sé dónde, y se deja.

Y ahí es cuando se está perdido. Y ahí es cuando no existe noción del tiempo, y comienza a pasar la vida. La vida pasa, pasa por encima de ti, quiero decir. En lugar de tú sobre ella. En la quietud de verse en esas, es fácil darse por vencido. Vamos, admitámoslo: si nos cuesta trabajo, valoramos la posibilidad de no hacerlo. También somos así de ruines. Capaces de tirar por la borda el peso de nuestra vida con tal de no emprender esfuerzos sobrehumanos que nos despierten de este tipo de letargos.

Total. Que en aquella tesitura de niebla espesa e infinidad absoluta, se ha abierto el cielo, de repente y no por casualidad, pues yo no creo en ella, y la voz más maravillosa que jamás escucharon mis oídos se me ha posado en el alma y nítidamente ha dicho:

You can be anything you want to be
Just turn yourself into anything you think that you could ever be
Be free with your tempo, be free, be free
Surrender your ego be free, be free to yourself

Y ya está, y no hay más, punto, final, finito. Que todo este embrollo era así de sencillo. Que me he tenido yo que perder para que Freddie Mercury osara salvarme. Y lo ha conseguido.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

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